¿QUIÉN ES EL MAYOR?
Mateo 18:1-5
1.
"En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es
el mayor en el reino de los cielos?"
Según
el pasaje paralelo de Marcos -que omite el episodio del pago del impuesto del
templo, tema de un artículo anterior (No. 874, del 29.03.15)- esta discusión
ocurre cuando regresan a Capernaúm y se encuentran en casa (Véase Mt 17:24,25).
En el camino habían estado discutiendo sobre quién sería el mayor de ellos en
el reino de los cielos, y Jesús, como si no lo supiera, les pregunta sobre qué
habían estado discutiendo. Pero ellos, avergonzados, no le contestan (Mr
9:33,34).
El
texto de Marcos da a entender que con frecuencia, cuando se desplazaban, Jesús
se les adelantaba para dejar que los discípulos conversaran entre ellos.
Mateo
resume la situación enunciando el tema de la perícopa como una pregunta directa
de los discípulos a Jesús: ¿Quién será el mayor - se entiende, de ellos- en el
reino de los cielos?
Ellos
vienen siguiendo desde hace tiempo a su Maestro, que les ha dado más de un
ejemplo de humildad y de olvido de sí, y que les ha hablado de la necesidad de
negarse a sí mismo (Mt 16:24). No obstante, están preocupados por la posición
que ocuparán en el futuro reino de los cielos. ¿Quién de ellos ocupará el primer
lugar? ¿Quién será el más prominente? Porque suponen que ahí también seguirán
vigentes las jerarquías humanas.
Reino,
piensan ellos, supone cargos, posiciones, honores, unos más altos que otros, y
eso da inevitablemente ocasión al surgimiento de ambiciones personales, y de
rivalidades.
Aunque
Pedro, por su temperamento, es el que destaca ahora en su grupo, y ellos
aceptan su liderazgo, (Nota 1) ellos asumen que eso no será así necesariamente más
adelante. Cualquiera de ellos tiene méritos iguales, o quizá mayores que Pedro.
Es singular que ellos tengan esa preocupación en ese momento, porque Jesús les
había estado hablando recientemente acerca de sus próximos sufrimientos, pero
no les dijo una sola palabra acerca de su gloria futura. Aún caminando con Jesús,
y escuchándolo, ellos seguían fascinados por el éxito y la figuración. ¿Cuántos
de nosotros somos así?
La
respuesta de Jesús da al traste con sus ambiciones:
2,3.
"Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De
cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el
reino de los cielos."
Estáis
disputando sobre quién será el mayor entonces, pero de lo primero que debéis
estar preocupados es por saber si llegaréis a entrar en el reino de los cielos,
porque si no cambiáis vuestro corazón, y os volvéis humildes como un niño, ni
siquiera entraréis en él. Eso es lo que debe preocuparos, no el saber quién
será el mayor, porque será el que menos pensáis.
Y
enseguida les declara un secreto:
4.
"Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en
el reino de los cielos." (2)
¿Qué
ser más humilde que un niño que vive en dependencia de sus padres y de sus
mayores? Pues el que se haga como un niño en humildad y sencillez, ése será el
mayor. (3) Con esta respuesta Jesús cancela toda
noción de jerarquía, de preeminencia de uno sobre otros, porque muchos pueden
cumplir la condición que ha puesto Jesús, así que no será cuestión de quién sea
el principal, sino de quiénes serán los más apreciados, y éstos serán los que
sean los más humildes.
En
Marcos Jesús añade un principio muy importante: Si alguno quiere ser el
primero, hágase como el postrero, como el menos apreciado, y sea el servidor de
todos (Mr 9:35). En lugar de apuntar a los honores, apuntad a los servicios más
humildes. Con frecuencia la ambición se viste del deseo de ser útiles al mayor
número. Si queréis serlo, sedlo asumiendo de preferencia los servicios que
nadie quiere desempeñar.
Lo
que contará entonces -y es bueno que los cristianos lo tengamos muy en cuenta-
es en qué medida te pusiste al servicio de todos, en qué medida fuiste el más
humilde, en qué medida no pretendiste estar encima, sino estar debajo.
Las
prioridades, los paradigmas en el reino son contrarios a los del mundo: el
primero será postrero, y el postrero primero. Sé pues ahora el último para que
entonces seas el más apreciado. Pero ¡ojo! si tú quieres ser ahora el primero,
el más apreciado, en el reino, ten cuidado, porque en el último día, el día que
más cuenta, podrías ser el último.
5.
"Y cualquiera que reciba en mi nombre (4) a un niño como éste, a mí me
recibe."
Jesús
termina enunciando un principio de vida al que no damos suficiente
importancia, que tenemos olvidado, pero que puede tener una enorme influencia
en nuestra vida futura: El que reciba, es decir acoja, acariñe, proteja, cuide,
a un niño inocente como éste, me recibe, me acoge a mí, Jesús, que soy vuestro
Maestro y vuestro Señor. En el pasaje paralelo de Marcos, Jesús añade el
corolario: El que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino recibe al que me
envió, esto es, al Padre (Mr 9:37).
¡Cuánta
importancia tiene el trato que damos a los niños! ¿Por qué? Porque son inermes,
indefensos, inocentes, confiados y, sobre todo, necesitados de amor. En su
pequeñez reside su importancia. Pero en nuestro país ¿qué importancia damos a
los niños? Es lamentable tener que reconocerlo, pero con frecuencia los
descuidamos, los maltratamos, y abusamos de ellos. ¡Ay de aquellos que tal
hacen! ¡Bienaventurados, en cambio, los que se ocupan de los niños y los tratan
como si fueran Jesús mismo! ¡Bienaventurados los que les enseñan el buen
camino, y les ayudan a caminar por él sin tropiezos!
Pero
no sólo a los niños, sino también a los más pequeños, a los más indefensos, a
los más desventurados de los seres humanos, a aquellos que solemos mirar con
lástima, o que despreciamos. Ellos están a nuestro cuidado, porque Jesús está
en ellos (Mt 25:45).
Notas:
1. Los
discípulos acaban de ver que Jesús pagó el impuesto del templo por sí mismo y
por Pedro, y no se preocupa por el pago que deben hacer los otros, aunque fue a
Pedro a quien los cobradores se dirigieron. De otro lado, ellos habían visto
que Jesús había subido al monte Tabor sólo con tres de ellos: Pedro, Santiago y
Juan, y que sólo esos tres lo habían acompañado cuando resucitó a la hija de
Jairo (Mr 5:37).
2. Jesús emplea la expresión común en la
literatura intertestamentaria, "reino de los cielos", para no decir
"reino de Dios", que los judíos, por respeto al nombre divino,
evitaban en lo posible pronunciar. La frase se refiere al reino mesiánico que,
según las profecías, el Ungido (esto es, el Mesías) descendiente de David, cuya
aparición los judíos ardientemente esperaban, fundaría. Este es el reino que
Jesús establecerá en su segunda venida.
3. Los niños antes de alcanzar el uso de la
razón a los siete años, no son totalmente inocentes, porque pueden ser
caprichosos, egoístas, e incluso, envidiosos; pero esos sentimientos suelen ser
pasajeros. En cambio, aman y obedecen a sus padres, son confiados y creen en
todo lo que se les dice, porque carecen de malicia.
4. Es decir, por mi causa.
Amado
lector: Jesús dijo: "De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde
su alma?" (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a i
r a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa
seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare, y que sea
tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y
te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús,
tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los
hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he
ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces
gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente
de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname,
Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y
gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
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